El 3 de septiembre de 1866, Curuzú se convirtió en escenario de una de las batallas más sangrientas de la Guerra de la Triple Alianza. La caída de la posición paraguaya representó una importante victoria para las fuerzas aliadas, pero tuvo un enorme costo humano y militar. Más de 1.500 hombres quedaron fuera de combate entre ambos bandos y un buque brasileño terminó en el fondo del río Paraguay.
La batalla no fue producto de un enfrentamiento repentino. Durante varios días, tropas paraguayas y aliadas se movilizaron, intercambiaron fuego y prepararon cuidadosamente el terreno para una confrontación que terminaría modificando el equilibrio de fuerzas en ese sector de la guerra.
Una posición estratégica
Curuzú había sido concebida como una posición avanzada de las defensas paraguayas. Ubicada aproximadamente a 3.000 yardas al sur de Curupayty, su función era proteger el sector ante un eventual desembarco enemigo y dificultar el avance de las fuerzas aliadas.
La fortificación contaba con un profundo foso, terraplenes y obstáculos de ramas conocidos como abatises. Disponía además de 13 piezas de artillería de distintos calibres, algunas instaladas para operar contra las fuerzas navales que avanzaban por el río.
La posición estaba bajo el mando del coronel Manuel Antonio Giménez, conocido como “Cala-á”, acompañado por el mayor Albertano Zayas. La guarnición estaba integrada por unos 700 hombres del Batallón N.º 10 y efectivos de caballería desmontada.
Sin embargo, las defensas presentaban importantes debilidades. Los sectores próximos al río y a la laguna no estaban completamente fortificados y tampoco contaban con obstáculos suficientes para impedir una maniobra de flanqueo.
El plan aliado
La ofensiva comenzó a tomar forma durante una reunión de los principales jefes aliados celebrada el 18 de agosto de 1866 en Tuyutí. Allí se acordó organizar una expedición destinada a atacar Curuzú y posteriormente Curupayty.
La operación quedó principalmente en manos de las fuerzas brasileñas comandadas por el barón de Porto Alegre. La expedición, inicialmente prevista con unos 5.000 a 6.000 soldados, terminó movilizando alrededor de 8.300 efectivos.
El objetivo era claro: eliminar una posición que amenazaba el flanco de las tropas aliadas y sus líneas de comunicación y abastecimiento con el Paso de la Patria.
Los días previos al asalto
A finales de agosto comenzaron los enfrentamientos navales. Durante los días 31 de agosto, 1 y 2 de septiembre, las baterías paraguayas intercambiaron fuego con los buques brasileños que bombardeaban las posiciones de Curuzú y Curupayty.
Los disparos paraguayos provocaron daños en varias embarcaciones, entre ellas el acorazado Rio de Janeiro.
El 1 de septiembre, las tropas brasileñas comenzaron a movilizarse por el río a bordo de una flotilla de transportes. La navegación fue lenta y complicada debido a las características del cauce, los obstáculos naturales y la presencia de torpedos sumergidos.
Al día siguiente, las fuerzas terrestres aliadas desembarcaron en la zona conocida como Guardia del Palmar, aproximadamente tres cuartos de legua al sur de Curuzú.
Pero la operación sufrió un duro golpe.
El hundimiento del Rio de Janeiro
Mientras las tropas desembarcaban, el acorazado Rio de Janeiro regresaba a su posición después de haber sufrido daños en los combates anteriores.
La embarcación chocó contra dos torpedos paraguayos. Las explosiones destrozaron el buque y provocaron su hundimiento en cuestión de segundos.
El comandante Américo Brasílio Silvado murió junto con otros oficiales y más de medio centenar de tripulantes. Cerca de 80 personas lograron sobrevivir al naufragio.
El hundimiento del acorazado se convirtió en uno de los episodios más dramáticos de la jornada y aumentó la determinación de las tropas brasileñas para tomar la posición paraguaya.
El avance por tierra
Mientras la escuadra mantenía el bombardeo, las fuerzas terrestres brasileñas avanzaban hacia Curuzú atravesando una zona de monte y vegetación espesa.
Los paraguayos recurrieron al incendio de pajonales y matorrales para dificultar la marcha de los soldados enemigos. Entre humo, fuego y disparos de artillería, los brasileños consiguieron aproximarse al fuerte.
Durante la noche del 2 de septiembre, los ingenieros aliados construyeron posiciones defensivas y una batería de campaña equipada con seis cañones. El objetivo era tener todo preparado para el asalto al amanecer.
El ataque del 3 de septiembre
A las 6:00 de la mañana comenzó un intenso intercambio de artillería.
Poco después de las 7:00, el barón de Porto Alegre ordenó el ataque. Los batallones de Voluntarios de la Patria encabezaron el asalto frontal, avanzando hacia las defensas paraguayas y superando el profundo foso que protegía la posición.
Al mismo tiempo, una brigada brasileña ejecutó una maniobra de flanqueo por la zona de la laguna. Este movimiento resultó determinante.
La guarnición paraguaya quedó expuesta por uno de sus sectores más vulnerables y, ante la presión de las tropas brasileñas, comenzó la retirada hacia Curupayty.
El combate duró aproximadamente una hora y media.
Al finalizar, las fuerzas aliadas habían tomado Curuzú y capturado las 13 piezas de artillería, además de banderas, armamento y otros elementos pertenecientes a la guarnición.
El elevado costo humano
La victoria tuvo un precio muy alto.
El campo de batalla quedó cubierto de cadáveres. Las fuentes citadas en los relatos históricos señalan más de 700 paraguayos muertos, mientras que el Segundo Cuerpo de Ejército brasileño registró alrededor de 773 bajas entre muertos, heridos y contusos.
A ello se sumó la pérdida del Rio de Janeiro, uno de los principales buques acorazados de la escuadra brasileña, hundido con gran parte de su tripulación.
Tras ocupar la posición, las fuerzas brasileñas comenzaron a reforzar Curuzú y levantaron nuevas estructuras defensivas para consolidar el territorio conquistado.
La reacción de López
La derrota provocó una fuerte reacción del mariscal Francisco Solano López.
Según los relatos de la época, López responsabilizó duramente al mando paraguayo por la pérdida de la posición y ordenó medidas extremas contra el Batallón N.º 10, al que acusó de haber abandonado el campo de batalla.
La unidad fue sometida a una decimación: uno de cada diez soldados fue seleccionado para ser ejecutado. Los oficiales también fueron castigados y varios terminaron degradados o destinados a otras unidades.
El comandante Giménez y el mayor Zayas fueron arrestados y posteriormente degradados. La severidad de las sanciones refleja la importancia que el mando paraguayo atribuía a la pérdida de Curuzú.
Una victoria que no fue aprovechada
Aunque la conquista de Curuzú significó un triunfo importante para los aliados, la ofensiva no continuó inmediatamente hacia Curupayty.
El cansancio de las tropas, la falta de caballos y las dificultades para obtener información precisa sobre el terreno frenaron el avance.
Ese tiempo fue aprovechado por las fuerzas paraguayas para reforzar Curupayty. La posición, que inicialmente presentaba importantes debilidades, fue transformada en una poderosa línea defensiva con numerosas piezas de artillería.
El episodio tendría consecuencias pocas semanas después.
El 12 de septiembre, Francisco Solano López se reunió con Bartolomé Mitre en Yataity Corá para intentar abrir una negociación de paz. Mientras tanto, los paraguayos continuaron fortaleciendo sus posiciones.
Diez días después, el 22 de septiembre de 1866, las fuerzas aliadas lanzaron el ataque contra Curupayty.
Aquella ofensiva terminaría convirtiéndose en una de las derrotas más graves sufridas por los aliados durante la Guerra de la Triple Alianza.
A 160 años de la caída de Curuzú, aquella batalla permanece como uno de los episodios decisivos de la campaña de Humaitá: una victoria militar para los aliados que dejó un enorme saldo de muertos y heridos y que, paradójicamente, permitió a las fuerzas paraguayas ganar tiempo para convertir Curupayty en una fortaleza mucho más difícil de conquistar.












